lunes, 10 de octubre de 2016

¡ESPEJITO, ESPEJITO!

RUT 1:19-22

Lo que otros ven:
“habiendo entrado en Belén, toda la ciudad se conmovió por causa de ellas, y decían: ¿No es ésta Noemí?”
El alto impacto producido en los coterráneos de Noemí fue tremendo al punto que “la ciudad”, es decir,  las personas, la gente que la vio quedó conmocionada, impactada. Pero este impacto era producido porque la apariencia de Noemí, su imagen externa no “photoshopeada”  era una s-o-r-p-r-e-s-a para los que  la ubicaban, aunque hacía cerca de diez años que no la veían, pero su rostro daba a entender cuanta dificultad  había pasado. Era cosa de mirarla y darse cuenta sin mayor esfuerzo que le  había  tocado “bailar con la fea” y tan chocante es la imagen que ellos dice a modo de interrogante ¿realmente esta mujer es Noemí?
Por favor, no nos engañemos, nuestro rostro -por muy maquillado, retocado o humectado que esté- mostrará a otros la verdadera condición en la que estamos. Es más, muchos nos han mirado a los ojos y se han percatado de nuestra verdadera situación. El Señor Jesucristo ya nos ha declarado algo referente a esto en Mateo 6:22 “La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz”  también encontramos en el texto bíblico la siguiente aclaración “El corazón alegre hermosea el rostro; Mas por el dolor del corazón el espíritu se abate” Proverbios 15:13 Una cosa más quisiera decir, las personas se darán cuenta, sin que nadie les de señales, cuándo hemos tenido comunión con Dios y cuando no, así lo veo en Éxodo 34:29-31 “Y aconteció que descendiendo Moisés del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano, al descender del monte, no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios. Y Aarón y todos los hijos de Israel miraron a Moisés, y he aquí la piel de su rostro era resplandeciente; y tuvieron miedo de acercarse a él. Entonces Moisés los llamó; y Aarón y todos los príncipes de la congregación volvieron a él, y Moisés les habló”


Reconocer siempre sin rodeos ni mentiras.
“ella les respondía: No me llaméis Noemí sino llamadme Mara”
Noemí ve que su vivencia y su propia vida no ha sido la más afortunada, ella no se victimiza ni se auto agrede, simplemente está haciendo un análisis  de sí misma con toda honestidad, con toda sinceridad. Noemí está frente a su espejo y el espejo no miente, a menos que sea un espejo de papel. Ella se mira de manera real y de forma concreta. Es honesta consigo misma, de hecho ella da cuenta de cómo está sin ningún tipo de evasivas de la situación.
Ella no se ve dichosa ni feliz, simplemente dice: “No me llaméis Noemí” (recordemos que Noemí significa dichosa, agradable, placentera) 
Ella no se ve como una persona satisfecha ni realizada, como si lo tuviese todo, eso fue en el pasado, así lo describe: “Yo me fui llena”
El reflejo que Noemí tiene de sí misma es tan real como deplorable; es tan frío como triste; es tan personal  pero veraz; es tan subjetivo como objetivo.
Simple, veraz, fría, desgarradora y honesta es la realidad de sí misma, su espejo no le engaña y ella lo admite cuando dice: “llamadme Mara”, que por cierto significa “amarga”
Sin ningún titubeo, Noemí sabe lo que es y en que condición se encuentra: «estoy vacía»,  «desdichada», «amargada», «afligida»
Al leer a San Pablo, él nos llama a tener una correcta y honesta percepción de nosotros mismos, leemos en Romanos 12:3 “Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno”
¿Y tú y yo? ¿Qué reflejo nos da el espejo personal? ¿Serás tan valiente de reconocer y declarar con toda honestidad  lo que eres de verdad?
Sin nada más que tú solo y Dios ¿Cómo te ves? ¿Qué es lo que ves? Sin maquillaje, sin fotoshopeo.
Por favor usa de verdad, honestidad, sinceridad para este ejercicio. Cada uno conoce sus propios errores, fallos, virtudes, pecados, habilidades, fracasos... etc.

Señor de todo y por sobre todo.
“en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso. Yo me fui llena, pero Jehová me ha vuelto con las manos vacías. ¿Por qué me llamaréis Noemí, ya que Jehová ha dado testimonio contra mí, y el Todopoderoso me ha afligido?”
Impresionante es lo menos que puedo decir de las declaraciones finales, es que cuando logramos dimensionar que a Dios no se le escapa nada y que cada detalle pende de su mano y nada se le pierde o pasa por alto, eso hace un gran cambio en nuestras vidas.
No importa que tan exitoso o exitosa seas, no importa cuántos logros y fracasos poseas; da lo mismo si eres rico o pobre; casado o soltero; profesional o técnico-profesional; con título académico o sin él; extrovertido o introvertido; tengas o no, casa propia; poseas o no, un auto; hayas o no hayas viajado fuera de tu país; estés o no, realizado con tu profesión; es exactamente lo mismo si has plantado un árbol o un bosque entero, si ya subiste un monte o todo el cordón montañoso. No es trascendente lo que tengas o hayas alcanzado, logrado u obtenido; si no te das el tiempo de reconocer que lo mucho y lo poco está provisto por el Señor ¡has perdido el tiempo!
Noemí reconoce aun en medio del dolor, la frustración, la amargura y el desconcierto que Alguien mayor y mejor que ella controla la vida: “el Todopoderoso” aquí  está el secreto de Noemí, no ha perdido su amistad con Dios, sigue creyendo en Él, le reconoce como siempre, le sirve incondicionalmente, le cree absolutamente. El Eterno le ha permitido pasar por una situación compleja, pero tiene un fin para enseñarle y capacitarla para lo que viene.
¿Logras reconocer que Dios se vale de todo para atraerte, capacitarte, prepararte, moldearte y librarte de aquello que te impide verle como Grande y Fuerte; Invencible e Inmutable; Fiel y Veraz; Justo y Cariñoso; Bondadoso y Misericordioso?

Date tiempo hoy y reconócelo y dale gracias por lo difícil y fácil que has pasado, incluso por aquello que no comentas con nadie y tratas de ocultar siempre.