lunes, 29 de agosto de 2011

El libro dentro de la mochila de estambre rojo

Esta era una vez un ciudad en la que había ciento sesenta y seis iglesias cristianas. En todas ellas, todos los domingos se predicaba la Biblia y los hermanos oraban unos por otros en el amor del Señor Jesucristo. Sin embargo, en ese lugar existía un cristiano, al que la gente de la ciudad le llamaba Galván, que no estaba contento con ninguna de las ciento sesenta y seis iglesias.

Galván estudiaba las Santas Escrituras todos los días y tenía un ferviente anhelo de santidad dentro de su corazón; pero cada vez que visitaba una iglesia se quedaba con la sensación de que algo quedaba incompleto dentro de él. Un día decidió investigar a fondo su condición y marchó rumbo a la casa de un conocido viejo sabio de la ciudad. Al llegar al lugar, el viejo sabio se hallaba recogiendo higos al pie de un árbol que destilaba la dulce miel del fruto de verano. Galván se apresuró y le contó que había hecho ciento sesenta y seis visitas   a  ciento sesenta y seis iglesias cristianas en la ciudad y ninguna de ellas había colmado su sed espiritual.

El viejo sabio, que conocía todas las iglesias de la ciudad y era amigo de todos los pastores, lo miró con atención y le indicó que juntos tendrían que visitar de nuevo las ciento sesenta y seis iglesias de la ciudad si es que quería su ayuda. Galván, con más resignación que esperanzas, decidió acceder. No obstante, el viejo sabio le puso dos condiciones: la primera, que Galván debía comprobar que todo lo que se enseñara en las iglesias estuviera en la Biblia; y segundo, que el viejo se encargaría de tocar la música en las ciento sesenta y seis iglesias de la ciudad.

Como de costumbre, se llegó el domingo, y Galván y el viejo sabio entraron al primer templo cristiano. En efecto, Galván comprobó que todo lo que se decía allí estaba en la Biblia. Pero algo inusual ocurrió: a la hora de terminar el sermón, el viejo sabio subió al púlpito y sacó de una mochila de estambre rojo un libro empolvado de canto sucio. Lo abrió y ante la extrañeza de todos comenzó a entonar una dulce canción que le resultaba desconocida a todos. Estrofa por estrofa el hilo teológico de la composición se revelaba mostrando una profunda métrica y un rico contenido bíblico; el compás marchaba y el viejo sabio continuaba dando vuelta a la hoja sin despegar sus brillantes ojos de aquel libro misterioso. Al terminar, algunos se quedaron atónitos como esperando más canción, pero muchos otros simplemente se retiraron del lugar con un gesto de desaprobación y aburrimiento.

Galván experimentó algo que jamás le había ocurrido: por fin obtuvo esa experiencia completa de renovación y saciedad interior que había buscado en toda la ciudad. El viejo sabio bajó del púlpito y juntos marcharon para continuar en las ciento sesenta y cinco iglesias cristianas que les faltaba visitar. En cada iglesia que llegaban ocurría lo mismo que en la primera congregación. Se predicaba la Biblia y luego el viejo sabio subía al púlpito y abría su libro para entonar una canción. Alrededor de la mitad de la congregación se quedaba y la otra mitad partía del lugar enfadada. Pero Galván gozaba en sobremanera todos los cultos en los que participaba.

Pero Galván no lograba conseguir que el viejo sabio le revelara qué clase de libro era ese que le producía tantas alegrías. Allí guardado en la mochila de estambre rojo viajaba con ellos el libro cuyos arcanos se reservaba el viejo sabio para la hora del servicio religioso.

Finalmente, Galván y el viejo sabio visitaron las ciento sesenta y seis iglesias cristianas de la ciudad; comprobaron que en todas ellas se predicaba la Biblia y también participaron de los goces que les producía el canto del viejo sabio según el libro dentro de la mochila de estambre rojo. En un giro inesperado de la costumbre reservada del viejo sabio, éste se enderezó delante de Galván y le dijo:

- Este libro que he traído y usado en las ciento sesenta y seis iglesias de la ciudad es el único ejemplar de su género, y se llama himnario. Hace muchos años que las ciento sesenta y seis iglesias cristianas de la ciudad decidieron echarlo del culto y simplemente lo tiraron a la basura. Yo logré rescatar este y decidí usarlo para ayudarte a completar tus anhelos de amor santo por el Señor. Creo que ha dado resultado en ti, pero como te has dado cuenta, no todos han experimentado lo mismo. De hecho, por poco me quedo sin ciento sesenta y seis amigos pastores que se molestaron conmigo por espantarles a la mitad de sus miembros mientras usaba el himnario para adorar y alabar a Dios.

Galván luchó en su interior por entender el porqué esos cantos tan hermosos habían sido desechados por las ciento sesenta y seis iglesias cristianas de la ciudad, pero su corazón no halló respuesta. Entonces propuso dentro de sí que todos los domingos iría a la iglesia pero después de salir de allí visitaría al viejo sabio para pedirle que le cantara uno de los himnos del libro de los cantos de Dios. 

Con el paso de los años, Galván aprendió de memoria todos los himnos del libro del viejo sabio y decidió transcribirlos en un cuaderno que guardaba en su anaquel. Y cuando el viejo sabio murió y el libro dentro de la mochila de estambre rojo se perdió, Galván emprendió el viaje a otra ciudad donde había doscientas cuarenta y cuatro iglesias cristianas en las que jamás se cantaba un sólo himno del libro de los cantos de Dios, porque también allí los había desechado. Un nuevo plan amaneció en la mente de un Galván ya madurado por los años: encontrar una ciudad en la que al menos una iglesia cristiana cantara un himno del libro de los cantos de Dios para donarles su valioso cuaderno en donde atesoraba aquellos hermosos himnos que había transcrito directamente del libro dentro de la mochila de estambre rojo.