miércoles, 24 de agosto de 2011

"¿Cómo puede ser esto?" (Juan 3:9). La regeneración en el orden de la salvación

De acuerdo con las Santas Escrituras cada persona que viene a la fe cristiana tiene la experiencia del nuevo nacimiento como paso inicial dentro del reino de Dios. No existe un cristiano que no haya nacido de nuevo. Esta bendita obra del Espíritu Santo es también un testimonio fehaciente de la elección soberana según el eterno consejo de Dios.

En términos teológicos, el nuevo nacimiento es conocido como regeneración. Jesús dijo -en una oración condicional- que el que no nace de nuevo no puede ver ni entrar en el reino de Dios (Juan 3:3,5). Esto significa que a menos que el Espíritu de Dios regenere a una persona, ésta se halla imposibilitada para ser redimida: no puede forzar su nuevo nacimiento pues le resulta inalcanzable la regeneración mediante sus propias fuerzas.

"¿Cómo puede ser esto?" (Juan 3:9)- cuestionó Nicodemo. Esta misma pregunta se la hacen hoy muchas personas que confían en sí mismas para alcanzar un "mejor estado espiritual", para "lograr la iluminación" o para entender la fe cristiana salvaguardando su libre albedrío. Para gente que confía en la Nueva Era esta obra de gracia del Espíritu Santo es demasiado buena para ser verdad; esto es porque consideran que uno mismo debe hallar dentro de sí su propia luz y su propio camino. Pero también dentro de la fe cristiana hay quienes explican que el nuevo nacimiento o regeneración en realidad es una obra conjunta entre Dios y el hombre.

Los teólogos y pastores con tendencias arminianas enseñan que la regeneración le sigue a la justificación, y que simplemente se trata de una "obra de limpieza" de nuestro ser; dicen que ocurre simultáneamente a nuestra justificación y adopción, por lo que yo pecador, cuando me arrepiento en mi libre voluntad bajo las "influencias de la gracia previniente", y pido perdón al Señor, Él me justifica y después regenera mi corazón. Pero eso no es lo que dice la Palabra de Dios. La regeneración es el nuevo nacimiento que nos permite ver, tener fe y arrepentidos recibir la justificación para poder entrar en el reino de Dios. Si la regeneración no ocurre no podemos ser justificados porque permanecemos ciegos y muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:5). Esto es lo mismo tanto si leemos el texto bíblico en español, en griego o en latín.

El orden de la salvación debe estudiarse concomitantemente con la soberanía de Dios. De esta manera, las Santas Escrituras resultan claras y específicas: primero somos regenerados por la gracia de Dios; segundo, recibimos el regalo de la fe mediante la cual somos justificados; tercero, iniciamos en el proceso de la santificación gradual que dura toda la vida; y cuarto, una vez que dejamos de existir en esta tierra somos glorificados en el cielo junto a nuestro Señor. Si se puede notar, en todas las partes de la salvación Dios es enteramente soberano. Aún en nuestra santificación sigue siendo soberano en el entendido de que Él nos aparta para sí como pueblo suyo y nos santifica en su verdad (Juan 17:17).

"¿Cómo puede ser esto?". Jesús contestó a Nicodemo: "Tú eres maestro de Israel, ¿y no entiendes estas cosas?" (Juan 3:10). En toda la experiencia de nuestras vidas como cristianos, desde el principio, podemos asegurar con el apóstol que fuímos "elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre, por la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre" (1 Pedro 1:2). 

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