martes, 24 de mayo de 2011

“Arrastrados” al Señor: La gracia irresistible

vida_nueva_r2_c3 En Juan 6:44 se leen las siguientes palabras de Cristo: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió, y yo lo resucitaré en el día final”. La palabra “atrae” es una traducción del griego helkuo que significa “arrastrar”. Es la misma palabra usada en Santiago 2:6: “¿No son los ricos quienes los explotan a ustedes y los arrastran ante los tribunales?”.

Según la Divina Palabra nosotros fuimos “arrastrados” hacia Cristo por Dios. Cuando nuestras vidas estaban enteramente separadas de la voluntad del Señor y nuestros corazones estaban endurecidos e inmersos en la oscuridad del pecado, Dios, por medio del Espíritu Santo, nos arrastró hacia Cristo. Del mismo modo que fuimos un día arrastrados (helkuo) por nuestros propios deseos hacia el mal (Santiago 1:14), se llegó el instante en que el Padre “nos hizo nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo” (1 Pedro 1:3. Véase también Santiago 1:17-18).

En nuestra regeneración o nuevo nacimiento, como ocurrió también con nuestro nacimiento físico, no tuvimos absolutamente nada que ver. Nuestro papel fue pasivo. Dios nos regeneró por medio de su Espíritu y abriéndonos el corazón (Hechos 16:14) fuimos capacitados para arrepentirnos y creer en Jesús como nuestro divino Señor y Salvador. Ciertamente, tomamos la decisión libre y voluntaria de seguir al Señor pero solamente hasta que Dios nos dio un nuevo corazón para creer. Se cumplió en nosotros la Santa Escritura: “Les arrancaré el corazón de piedra que ahora tienen, y pondré en ellos un corazón de carne” (Ezequiel 11:19).

Si Dios no nos hubiera regenerado y arrastrado hacia Cristo jamás hubiéramos podido tener fe en el Señor. Esta es otra de las hermosas enseñanzas de la Biblia acerca del amor de Dios. Desde la eternidad y conforme a su eterno propósito Dios nos predestinó de antemano para ser sus hijos y mostrarnos su glorioso poder y majestad. En medio de las tinieblas de nuestra vida pasada el Padre tuvo a bien, en su Soberana Gracia, elegirnos desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4) y arrastrarnos hacia Él para que pudiéramos arrepentirnos y ser hechos libres en Cristo Jesús.

¡Oh, bendita libertad que nos has dado! ¡Bendito amor y divino cuidado con que nos preservaste y nos preservarás hasta el fin! ¡Gracias a Ti hoy podemos vivir confiados y en paz! ¡Gracias por la cruz! ¡Gracias por tu Santa Palabra!

Por Juan Paulo Martínez

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