sábado, 12 de marzo de 2011

Contaminación verbal


Cuánto producto de aseo encontramos en los comercios sean éstos detergentes, lavalozas, antigrasas, cloro, desinfectantes y un sinnúmero de aerosoles contra los insectos, bacterias, hongos, piojos, pulgas, garrapatas, arañas, moscas, zancudos, etc... la lista sería interminable, pero qué hay una campaña comercial para mantener todo higienizado y limpio, de verdad que la hay.
Pienso que estamos con los mismos resguardos de los conciudadanos del Señor Jesucristo en el Siglo I, esta obsesiva actitud por cuidar el aseo, la higiene, la desinfección procurando que nada nos contamine nos hace perder de vista y pasar por alto -al igual que ellos- la recomendación y advertencia del Señor que "Lo que contamina a una persona no es lo que entra en la boca sino lo que sale de ella" Mateo 15:11 (NVI)
No se trata de no lavar los alimentos ni mantener aseada la casa ni el cuerpo, sino más bien dar atención a la limpieza interna, esa del alma, del corazón, de los pensamientos. El énfasis de las palabras de Jesucristo nos lleva a reflexionar en que muchas de las palabras que salen de nuestra boca, bromas, comentarios, aseveraciones e incluso respuestas a simples preguntas contienen más virulencia que alguna fruta que pudiésemos ingerir sin lavar previamente.
El dar prioridad a la limpieza interna está sostenida en el simple hecho que lo que podamos comer más temprano que tarde es evacuado del cuerpo en forma natural, pero ¿cómo evacuar las palabras llenas de odio que hemos soltado sobre alguna persona? ¿dónde llegan finalmente los comentarios malintencionados? ¿cuál es el receptáculo de las bromas de doble sentido y los chistes verdes?
Ud. podrá decirme que estamos hilando fino, pero no somos nosotros los que hemos puesto tan alto el análisis, ha sido el Señor Jesucristo, quien conociendo a los hombres y las intenciones del corazón, nos alerta para cuidarnos de nuestras palabras que cuando son emitidas van directamente al coraón del que las oye o recibe, generando en muchas oportunidades, heridas profundas, amargura, rencores y traumas que no se logran superar con el tiempo.
Más que limpiar el cuarto y lavar pulcramente los alimentos y los utensilios de cocina, bien haríamos en pensar antes de hablar y pedirle a Él que nos limpie el corazón para experimentar la verdadera limpieza y no contaminarnos más ni contaminar a otros.
Por Escriba Diligente - Chile